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Asco

Escrito por Paco Sánchez
11 de enero de 2016 a las 17:38h

Los servicios secretos europeos alertaron de posibles golpes terroristas la noche de fin de año en Bélgica y en la estación de Múnich. Al final, los belgas cancelaron las fiestas, con lo cual los terroristas consiguieron lo que pretendían, amedrentar, sin despeinarse ni inmolarse ni nada. Y lo de la estación no ocurrió en la de Múnich, sino en la de Colonia y en muchas ciudades más, solo que utilizaron una modalidad no esperada por los servicios secretos, sin bombas ni suicidas: la humillación de las mujeres y de todo Occidente en ellas. Y de paso demostraron la capacidad de movilizar a un auténtico ejército de varones.

Conviene que diagnostiquemos bien, no vaya a ser que, por no reconocer esta sorprendente fórmula terrorista o por no querer verla, reaccionemos exactamente como esperan: exasperando la islamofobia, aupando a la extrema derecha, desconcertando a la extrema izquierda -que ya no sabe qué defender o qué atacar en este asunto- y, en general, aumentando la propensión al pánico tan propia de sociedades débiles y sin coraje.

Porque los sucesos salvajes de Colonia, de Hamburgo y de las otras ciudades son una vergüenza: ¿Solo había mujeres en aquellas fiestas? ¿Dónde se metieron los demás? ¿Nadie se dio cuenta de nada o se fueron a lloriquear a la policía, que a su vez tampoco hizo nada para, según parece, evitar que se produjeran alborotos y muertos? ¿O es que nos hemos acostumbrado a unos niveles tan bajos de respeto a las mujeres, también en público, que nuestra sensibilidad se ha acorchado? Lo dejo para que nadie se enfade. Pero conste que esto sí me asusta: que perciban y aprovechen tan claramente nuestras debilidades culturales y nuestra cobardía.

La Voz de Galicia, 9.enero.2016

No herir

Escrito por Paco Sánchez
28 de diciembre de 2015 a las 10:31h

Pensaba, como mi hermana, que en las fiestas familiares debería evitarse la política, pero la experiencia de esta Nochebuena me ha hecho cambiar: si la familia se quiere, si cada cual tiene más cariño a los demás que a las ideas propias, el comentario político, siempre y cuando no se prolongue en exceso, puede resultar muy enriquecedor y hasta agradable, por muy opuestas que parezcan las posturas. Cuesta bien poco dar con la razón: en una familia que se quiere, todos evitan herir a los otros y, a la vez, la prioridad radica más en ayudarse a entender que en imponer siglas o visiones particulares.

La primera condición, no herir, establece un mínimo que debería comparecer siempre en la discusión política y, muy especialmente, en la discusión política profesional. Por eso produjo tanto escándalo el debate entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez. Quizá no se pueda pretender que se quieran, pero sí que se respeten. Además de por un imperativo moral, también por una razón práctica: si se insultan, dejan moratones y marcas. Qué difícil entenderse luego, como si nada, con un tipo que te ha llamado indecente o mezquino. En política, la capacidad de entenderse lo es todo, pero en situaciones como la nuestra, en la que los pactos resultan obligados, conviene ponderarla aun más.

Pero hay también una razón de ejemplaridad: los modos políticos deben mostrar que se busca el bien común y el entendimiento, sin gestos sectarios de desprecio a los que piensan diferente, renunciando al insulto y a la descalificación sectaria. No herir ni a los representantes ni a los representados, estén en el Gobierno o en la oposición. Lo contrario casi siempre genera polarización, odio y violencia.

La Voz de Galicia, 26.diciembre.2015

Al final…

Escrito por Paco Sánchez
19 de diciembre de 2015 a las 10:35h

Al final, sacan adelante los países aquellas mujeres y aquellos hombres que, pase lo que pase, pelean a brazo partido por sus familias. La gente normal que ama y sufre, que se levanta por la mañana y trabaja -a menudo en empleos que no les satisfacen- para construir el futuro de los suyos y, de paso, quizá sin pretenderlo, de los nuestros, de todos. Cuando esa gente abunda, los países van bien. Cuando escasea, decaen o se atrofian. Los líderes, por supuesto, ayudan a canalizar esas torrenteras de amor y sacrificio, se incorporan a ellas, las incentivan o las entorpecen. Pero poco más. Por eso, la gente normal, la que ama y sufre y lucha por los suyos, vota a quien piensa que estorbará menos o que ayudará más en la brega diaria.

Sin embargo, en la campaña apenas se ha hablado de la familia. En realidad, no se ha hablado de casi nada en lo que usted y yo podamos hacer algo. Nuestro ideal más inmediato, la felicidad de los nuestros, ha quedado muy al margen, arrebujado en números inverosímiles o en eslóganes que predican miedo, la pasión que se aduce cuando faltan argumentos: solo derecha e izquierda, nuevos y viejos. Disyuntivas simples, fáciles.

Como si no sintiéramos miedo bastante, como si no supiéramos en carne propia que no podemos asegurarlo todo, que vivimos siempre sin red, equilibrándonos en la cuerda floja, que somos dependientes. Está bien. Votaremos con miedo. Y mañana por la noche, ocurra lo que ocurra, nos llenaremos de esperanza, porque todavía hay mucha gente que ama, sufre y lucha por su familia y por las de todos. Gente que seguirá sacando este país adelante, si acaso, apretando un poco más los dientes, quizá sin que nadie quiera representarlos.

La Voz de Galicia, 19.diciembre.2015

Ganar, perder

Escrito por Paco Sánchez
14 de diciembre de 2015 a las 10:43h

Progresamos a tal velocidad que apenas se entiende ya el viejo refranero, plagado de sentido común. Me arriesgaré, no obstante, con aquel dicho según el cual «en la mesa y en el juego se conoce al caballero». Precisamente el sentido común me advierte de que debería aclarar el concepto caballero. Para el diccionario, la palabra se aplica a un «hombre que se comporta con distinción, nobleza y generosidad». También recibe otras acepciones, claro, pero el refrán se refiere a esta, ahora casi desconocida. Pretende explicar que el hombre generoso, noble y distinguido se muestra de manera especial en el modo de comer, en saber ganar con generosidad y sin alardes, en saber perder con serenidad, sin revanchas, y si es el caso, en el modo de pagar.

Parece obvio que Cristina Kirchner no responde a la definición de caballero, porque incumple ya el primer requisito: ser un hombre. Maduro, sin embargo, cumple con esa primera palabra y quizá sus maneras en la mesa se alejen mucho de las de un gañán, pero desde luego, al igual que Kirchner, no sabe perder. Acaso haya que descartar un problema de elegancia o de generosidad. Tal vez se deba a ese extraño sentido de posesión sobre la gente característico de ciertas ideologías. «El pueblo me pertenece por derecho», parecen decir, y les extraña que el pueblo no los quiera o los quiera menos que a otros. Las reacciones de la argentina y del venezolano aparentan eso.

La campaña electoral se está siguiendo con una viveza casi olvidada. Acaso porque estamos muy entrenados como hooligans y la sentimos como un partido de fútbol o una carrera de caballos. Bueno. Pero conviene mucho que, al final, por lo menos sepamos perder o ganar.

La Voz de Galicia, 12.diciembre.2015

Rearme

Escrito por Paco Sánchez
28 de noviembre de 2015 a las 18:21h

Cualquier insignificante, tarado o no, puede matar a un centenar de personas en un campus americano o en una escuela, en un campamento de niños en Suecia o a los mandos de un avión alemán. De hecho, ocurre con una vergonzosa frecuencia sin necesidad de que comparezca terrorista alguno. Es fácil. Cualquier inútil puede. Las matanzas terroristas buscan algo más y dependen completamente de sus efectos para alcanzar el éxito. Les habrá encantado, por ejemplo, haber metido a los belgas en sus casas unos cuantos días. Y todo el alboroto mediático. Y la gira de Hollande en busca de apoyos para hacerse el hombrecito ante los franceses, tan poco amigos hasta hace nada de la cooperación antiterrorista y tan propensos a crear Estados fallidos por doquier.

A los terroristas les ha salido redondo, porque reaccionamos como los niños del botellón: beben, ríen, gritan e impiden el descanso de los demás, pero bien cuidados, primero, por la policía municipal y, después, por los servicios de limpieza, que han de recoger sus caquitas y fregar sus orines. De modo que, si hay peleas, heridos o destrozos, la culpa es del ayuntamiento, nunca de ellos, de sus padres o de la bebida.

Europa responde igual: lo primero es el botellón y, si hay problemas, se mira hacia el Gobierno para exigir responsabilidades por no haber espiado lo bastante, por no haber cacheado a más gente, por no cerrar fronteras -destrozando, de paso, uno de los elementos nucleares de la Unión- y por no meter a todos en sus casas. Porque si nadie se mueve, resulta más fácil pillar a los broncas que interrumpen el botellón o el Black Friday al que antes llamábamos rebajas. Tenemos que rearmarnos, sí, pero de ideas.

La Voz de Galicia, 28.noviembre.2015

Encogidos

Escrito por Paco Sánchez
22 de noviembre de 2015 a las 11:13h

He leído muchas reacciones políticas y periodísticas a los atentados de París y solo se me ocurre una palabra para resumirlas: confusión. Estamos confusos. Ya no se trata solo de falta de coraje, sino de vigor intelectual. Unos, por costumbre, echan toda la culpa a Occidente. Otros salen a bombardear. Y los de siempre insisten en culpar a la religión, los mismos, por cierto, que se ensañaron con Benedicto XVI cuando dijo en Ratisbona lo que repite ahora Francisco: matar en nombre de Dios es una blasfemia. Con tal munición en nuestros medios y escuelas, no extraña que algunos hijos de inmigrantes salgan yihadistas.

Luego vienen los que se empeñan, políticos sobre todo, en que debemos elegir entre seguridad y libertad. Pues bien, a estos últimos querría responder.

Yo elijo libertad. Como consecuencia, estoy en contra del control masivo de las comunicaciones, cada día más tolerado por la ley con pretextos antiterroristas. Y tampoco quiero que haya cámaras por todas partes. Elijo que dejen el tratado de libre circulación como está y que de ningún modo se cierren fronteras. Y moverme por donde me plazca, aun sabiendo que los terroristas musulmanes escogen como objetivos hoteles -como se vio ayer en Mali- y restaurantes, instalaciones donde abunden los extranjeros, porque no quieren que viajemos. Y elijo hacerlo sin que me cacheen ni me desnuden. Elijo el riesgo. Elijo decir lo que pienso del islam, que nació en guerra, conquistó por las armas medio mundo y lo sometió hasta que quedó atrás en la historia, sin que nunca hayan dejado de tratar a los demás como de segunda o como esclavos. Elijo celebrar la Navidad o la Semana Santa sin complejos. Elijo vivir sin miedo.

La Voz de Galicia, 21.noviembre.2015

Primitivos

Escrito por Paco Sánchez
14 de noviembre de 2015 a las 21:01h

El mundo primitivo era muy duro y no solo porque carecieran de agua caliente o wifi, sino porque estaba dominado por dioses crueles. La momia del niño sacrificado por los incas hace quinientos años me trajo el recuerdo de aquellos terrores. Pero la noticia, tan interesante, convivía en el periódico con la sentencia por el asesinato de Asunta y con el descubrimiento de siete bebés enterrados en una casa de Alemania, una práctica que acumula precedentes en aquel país. Podría cargar la mano con los niños enterrados vivos o crucificados por el Estado Islámico y otras barbaridades, pero prefiero quedarme ahora con los que matamos aquí, en España, donde antes de acabar el año ya hemos batido todos los récords históricos. La mayoría fueron asesinados por sus madres, sus padres o por las parejas de sus padres o sus madres. Desde luego, los dioses primitivos eran crueles, pero me pregunto a qué dioses se los sacrificamos ahora.

No responderé a la pregunta. El lector ya sabe. Apenas quiero advertir sobre este neoprimitivismo. El grado de civilización se manifiesta, mejor que en ningún otro criterio, en el trato que se dispensa a los ancianos, a los niños, a los enfermos, a los pobres y, en general, a los más débiles. Debería haber incluido en la enumeración a las mujeres, pero no me he atrevido. El lector también sabe por qué. Mantengo, no obstante, la pregunta, ¿a qué dios cruel estamos sacrificándolos?

¿A qué dios ofrecemos en holocausto los millones de niños utilizados en la pornografía infantil o en la prostitución? Anteayer saltó la noticia de la madre que vendía por Internet los desnudos de sus pequeñas. Urge localizar a esos dioses despiadados y ponerles nombre.

La Voz de Galicia, 14.noviembre.2015

Referencias

Escrito por Paco Sánchez
9 de noviembre de 2015 a las 10:11h

Quizá tengan razón los viejos: andamos mal de referencias. Hasta el tiempo parece confirmarlo: nos movemos en temperaturas prácticamente veraniegas pese a circular ya por noviembre. Ni siquiera las estaciones del año sirven ya de marco al que atenerse a la hora de elegir vestimenta o de programar actividades de ocio al aire libre. El tiempo parece el último bastión abatido de un mundo que estaba repleto de señales indicadoras sobre lo que se podía hacer y lo que no, lo que estaba bien y lo que estaba mal, lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo, lo adecuado y lo inadecuado. Ahora incluso pasamos calor en otoño.

Quizá el progreso consista en eso, como tantos se temían desde hace decenios: un mundo sin reglas ni referencias, aparentemente espontáneo e individualista, donde resulta más difícil que la gente se deje encuadrar o comprometer. De ahí la crisis de las instituciones, de los partidos o del sentido de comunidad. Y esto, como la temperatura veraniega en otoño, tiene su lado positivo. El problema radica en saber a qué atenerse. Un personaje de la segunda temporada de Fargo lo decía, perplejo, en el capítulo de esta semana: «Estamos descompensados, hemos perdido el centro moral y nos cuesta discernir».

Nos cuesta ser felices, porque para ser felices necesitamos aprender a discernir, como mínimo, lo que vale siempre y lo que nunca vale. Que todo pueda valer en algún momento parece más cómodo, pero convierte la existencia en un pantano. Un modo de vivir chapoteando que se espeja en la vida política, para la que no encontramos remedio. Como tampoco lo encontramos para el sistema educativo: porque, sin referencias, no hay nada que aprender ni nada que enseñar.

La Voz de Galicia, 7.noviembre.2015

Hijos chinos

Escrito por Paco Sánchez
31 de octubre de 2015 a las 20:26h

La inhumana prohibición de tener más de un hijo por pareja ha sido sustituida en China por otra también inhumana: desde ahora podrán llegar a dos. La primera ha producido todo tipo de horrores económicos y sociales -estos siempre llevan a aquellos- y la segunda nada arreglará. La política del hijo único ha logrado ralentizar el crecimiento chino a costa de la dignidad de las personas y ha creado, además, una superpoblación nueva de hijos únicos, los llamados «pequeños emperadores»: niños consentidos y maleducados que hacen de sus familias lo que se les antoja. Además de desequilibrar la pirámide poblacional, complicar el futuro de las pensiones y la atención de los ancianos, a más corto plazo aún, han dejado comprometido el mercado laboral y su capacidad de crecimiento. Y una consecuencia más que tampoco buscaban: han generado una alarmante desproporción entre la población femenina y la masculina, fruto de un genocidio silencioso de las niñas de cuyos espantos hemos recibido algunas noticias.

Sin contar la vida precaria de los millones de niños nacidos ilegales, los sufrimientos de sus padres o los de aquellos que han perdido al único hijo que les permitían y para quienes la nueva tolerancia llega tarde. Cuánta soledad y cuánta tristeza agrumadas bajo datos fríos. La nueva medida, poco menos injusta que la anterior, no revertirá los datos: ni llega a tiempo, ni los chinos, por idénticas razones que aquí, quieren tener más hijos. Los occidentales hemos seguido ese camino sin que nadie nos forzara, libremente, empujados por argumentos culturales que, salvo en lo de las niñas, nos están conduciendo a un paisaje social más cercano al chino de lo que pueda parecer.

La Voz de Galicia, 31.octubre.2015

El amigo

Escrito por Paco Sánchez
27 de octubre de 2015 a las 15:45h

La vida es un ejercicio más bien solitario en el que, según cómo te portes y qué suerte tengas, te acompañan algunas personas durante buena parte del trayecto o, al menos, en ciertas etapas: familiares y amigos que ayudan a sacar adelante la propia existencia de mil modos diferentes. Aunque el peso siempre lo lleva cada uno, porque a veces no sabemos compartirlo o porque, simplemente, no hay manera de compartirlo del todo, la familia y los amigos aligeran el vivir, lo inspiran y motivan, lo engrandecen incluso. Por eso duele tanto la muerte de uno de ellos.

Duele como una amputación, porque la vida de ningún modo puede seguir exactamente igual. Los amigos, como poco, son testigos que necesitamos. Ellos, de alguna manera, nos cuentan nuestra propia biografía: lo que somos y lo que queremos ser. Al perderlos, nos quedamos sin un conarrador. Con él o con ella, ese capítulo queda cercenado, interrumpido sin posibilidad de retomarlo. Por eso, la muerte del amigo nos amputa si no creemos en un más allá en el que el amigo sigue viviendo y testificando en nuestro favor, ayudándonos, libre ya de sus propios apuros y cargas.

Tengo una familia muy grande y muchos amigos, algunos de ellos mayores que yo, y últimamente se me han muerto varios. Ayer mismo uno, Antonio Legerén. Sé que no lo he perdido y que descansa de sus dolores y penas, tan duros y largos en los últimos años y, de modo particular, en los últimos meses. Pero noto el zarpazo e inevitablemente me faltará la alegría de su presencia física, siempre luminosa. En medio de sus sufrimientos prolongados, su vida llena de sentido tenía un valor infinito, porque era un hombre que ayudaba a vivir. Es decir, un amigo.

La Voz de Galicia, 24.octubre.2005