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Sin distinción

Escrito por Paco Sánchez
11 de abril de 2016 a las 9:27h

La ideología de género, contra lo que pueda parecer, procede de una elaboración lenta y meticulosa en algunas universidades estadounidenses y se basa en algunos datos objetivos, porque en otro caso parecería inverosímil y contraria al sentido común. Desde el principio, los investigadores del área percibieron la importancia de la retórica, porque más que a un problema científico se dedicaron a una causa y, para cambiar las cosas, advirtieron que tenían que cambiar antes las palabras y neutralizar ese sentido común. Empezaron por llamarle género al sexo, de modo que una realidad biológica fácilmente comprobable se convirtiera en una abstracción gramatical y, por tanto, en condiciones de ser discutida y reformulada al antojo de cada quien.

Luego cargaron de matices negativos ciertos vocablos. Quizá el que más vejación ha sufrido sea el término padre y cualquiera de sus derivados, muy singularmente paternalismo, que por las razones que sean, carece de equivalente femenino. Quizá el concepto maternalismono se dé en la realidad. Por el camino han comenzado a averiar el concepto maternal. No tanto como paternal, por supuesto. Y así hasta someternos a un lavado de cerebro sin precedentes que hemos aceptado de un modo acrítico, pasivo.

La ley andaluza ha producido alguna extrañeza que dejarán sin respuesta. Porque juegan así. Por supuesto, se advierten rasgos machistas en el lenguaje, pero no precisamente en los nombres genéricos. Como empieza a resultar difícil defender el sentido común, retuiteé ayer una frase de Ramón Salaverría: «Aunque prohíban decir ‘los niños’ frente a la ‘niñez’, seguiremos distinguiendo entre los gilipollas y la gilipollez».

La Voz de Galicia, 9.abril.2016

Palabra y espectáculo

Escrito por Paco Sánchez
6 de abril de 2016 a las 17:11h

Me da la impresión, acaso demasiado particular, de que el volumen de conversaciones de carácter político ha bajado en las casas y en las calles, en los bares y en las oficinas. Se ha instalado en su lugar un cierto hastío, un aburrimiento muy parecido al que padece la persona que ha gastado demasiadas horas seguidas ante el televisor y, a través de la modorra que le impide moverse aún del sofá, se infiltra en su conciencia un sentimiento incómodo: el de haber perdido el tiempo. La comparación tiene más sentido porque nunca como ahora la política se resuelve en imágenes televisivas, en gestos y posados, en juegos de espejos y paripés que tienen al ciudadano ahíto, empachado. Mucha imagen y poca palabra.

Cuando la imagen sustituye la palabra en lugar de ilustrarla, ocurre exactamente eso: que la reemplaza, y que al reemplazarla obliga a pensar con imágenes en vez de con conceptos. Resulta más cómodo, también para el manipulador. Pero entre otros muchos peligros, hace casi imposible el matiz, propende a la falta de respeto y emborrona la memoria de detalles secundarios: el beso en la boca entre dos políticos, el niño de una diputada, el posado de dos candidatos por la Carrera de San Jerónimo y muchos otros que todos recuerdan, también porque los medios, en vez de obviarlos, los magnifican.

Y así hemos llegado aquí. Sin palabra, en cualquier sentido que quiera utilizarse el término, y empalagados de imágenes que matan el razonamiento, imágenes extremas en las que las pocas voces apenas sirven apenas para dibujar insultos, descalificaciones radicales o falsas apariencias. El empacho de espectáculo impide el diálogo real. Todo exceso termina en triste abotargamiento.

La Voz de Galicia, 2.abril.2016

Lula y yo

Escrito por Paco Sánchez
21 de marzo de 2016 a las 18:41h

Me apena la situación de Brasil, país para el que guardo un afecto especial desde hace casi treinta años. Estos días he recibido muchos mensajes de amigos de allí, antiguos alumnos la mayoría, periodistas casi todos. La percepción general puede resumirse en una palabra: impotencia. Uno de los mensajes resumía el panorama en una frase certera que me dio que pensar: no hablaba de Lula ni de Dilma ni de la conveniencia de que se retiraran o prosperara la moción para retirarlos. Se limitaba a decir que la gente es buena, que trabaja mucho, pero que, si se le presenta una ocasión favorable para atrapar algo más, no lo piensa dos veces. Y no se refería solo a los políticos.

Los brasileños son, en efecto, gente buenísima y muy trabajadora, pero lamentablemente, lo otro también es frecuente, como han podido comprobar quienes hayan intentado hacer negocios allí. No es fácil resistirse a lo fácil, sobre todo si se disfraza, al principio, de preocupación por la familia u otros intereses nobles: la financiación del partido, por ejemplo. Primero se hace una caja b y, cuando el dinero se ha vuelto invisible, resulta fácil separar una parte para uno mismo y guardarla en Suiza o en Andorra. Pero no se llega a Suiza de golpe.

Sí, he cambiado de país a mitad de párrafo, porque las diferencias de nuestros políticos con los de Brasil son solo de grado: circulan allí muchos chistes sobre esto. Y también son de grado las diferencias entre la gente común que, aquí como allí, se indigna y protesta, pero si se presenta la ocasión propicia para trincar, trinca: sean de derechas o de izquierdas, políticos o técnicos, empleados o empleadores. Por desgracia, no ocurre solo con el dinero.

La Voz de Galicia, 20.marzo.2016

Colau en tres refranes

Escrito por Paco Sánchez
14 de marzo de 2016 a las 10:24h

Siempre pensé que Ada Colau tenía cara de buena persona y, por aquello de que «la cara es el espejo del alma», me caía bien. La juzgaba quizá osada, pero la osadía puede convertirse en una virtud política si se casa con la prudencia. Pronto percibí que su atrevimiento provenía más bien de ese otro dicho según el cual «la ignorancia es atrevida». La alcaldesa de Barcelona dio pronto señales de incompetencia que no me atrevía a juzgar como maldad. Solo incompetencia. La misma que le impidió pedir previamente al Ejército -por razones buenas o malas- que no acudieran a la feria educativa. La misma incompetencia que, quizá sin pretenderlo, la llevó a humillarlos.

Tal vez porque ignora que las Fuerzas Armadas proporcionan formación de mucha calidad y en todos los niveles: desde pilotos de aviación e ingenieros hasta mecánicos o conductores de vehículos especiales. Tal vez porque ignora la diferencia entre ser antimilitar y ser antimilitarista («militarismo: preponderancia de los militares, de la política militar o del espíritu militar en una nación»). Contra esto último, nos apuntamos casi todos, también los militares españoles.

Pero me pregunto si le diría Colau algo así a Fidel Castro, al Che o a Chávez, todos ellos militares y de izquierdas. No sin consecuencias. No, ¿porque a lo peor los admira? ¿O será que Colau prefiere un Ejército ideológico a uno profesionalizado y sometido a las instituciones democráticas, como explicaba ayer Roberto Blanco? ¿Y cómo encaja esto con que Podemos proponga a un militar para ministro de Defensa después de una serie ya larga de ministros civiles? En fin, todo refrán tiene su contrarrefrán y es verdad que «las apariencias engañan».

La Voz de Galicia, 12.marzo.2016

Contra Trump

Escrito por Paco Sánchez
5 de marzo de 2016 a las 12:26h

Hace unos años fui arrastrado por el afecto a una reunión de la que nada sabía, salvo que se trataba de negocios. Se desarrolló en la sala de un hotel y, pasados pocos minutos, comprendí que aquello tenía pinta de estafa piramidal. Había una docena de incautos, todos en el paro o en sus aledaños, todos con problemas que iban contando en voz alta. Algo sencillamente sórdido que aguanté, insisto, por mero afecto hasta que no pude más y aduje una excusa para escaparme sin ofender. No sabía si aquello debería ser investigado o denunciado, y lo dejé estar por miedo a herir sin necesidad. La sorpresa mayor de aquella puesta en escena había consistido en un vídeo en el que salía Donald Trump recomendando el sospechoso negocio.

No tenía por entonces buena opinión de Trump, cuyo apellido se puede traducir como naipe de triunfo en los juegos de cartas, pero también como ventosidad, por decirlo finamente. Con todo, me extrañó que se prestara a una cosa así. Después miré un poco su historial como empresario y hasta me pareció plausible que alentara además aquella probable estafa.

Ahora no puedo creer que el Partido Republicano le haya dejado competir por la presidencia al amparo de sus siglas: pensaron que nunca llegaría a nada y hoy, si lo echan, se arriesgan a que se presente como independiente. Tampoco entiendo que los medios lo hayan engrandecido a base de darle caña y cancha, como hacen aquí con Podemos. Pero sobre todo, me asusta que haya tantísima gente que se sienta representada por él. Y no es la gente del dinero, que esa ha apostado muy claramente por otros, sino la común, la que ya solo consume para vivir y vive para consumir. También vídeos y tuits. Y se queja.

La Voz de Galicia, 5.marzo.2016

Una homilía

Escrito por Paco Sánchez
27 de febrero de 2016 a las 11:49h

Me llegó el vídeo de la homilía en el funeral por Antonin Scalia, el polémico juez del Supremo estadounidense recientemente fallecido. Empecé a verla por cortesía, por poder decir algo a quien me la envió, pero muy pronto me di cuenta de que me encontraba ante algo excepcional, ante una pieza ejemplar de oratoria fúnebre católica pronunciada con indecible aplomo por el propio hijo del juez, Paul Scalia. El arranque algo efectista, después de los saludos y agradecimientos obligatorios, captó por completo mi atención y ya no pude dejar de escucharle hasta el final.

Paul Scalia habló poco de su padre: no glosó su gigantesca figura profesional o humana, huyó de la hagiografía. Se limitó al agradecimiento filial. Y al hacerlo, dijo algo que me conmovió: «Nos quería [a sus nueve hijos], y procuraba mostrar ese amor y compartir la bendición de la fe que veía como un tesoro. Nos dio unos a otros para que nos apoyáramos mutuamente: es el mayor bien que los padres pueden dar y, precisamente ahora, les estamos especialmente agradecidos por él».

Los hermanos son el mayor regalo que los padres pueden dar a sus hijos. En contra de lo que pueda parecer, quienes carecen de hermanos saben lo que se pierden: un cariño total e incondicionado, fuerte y muy difícil de encontrar en otras personas, que ayuda a crecer desde los primeros meses. Y una capacidad de querer desinteresadamente que no es imposible adquirir de otra manera, pero sí mucho más difícil. Necesitamos recuperar esta idea, arraigada en nuestra cultura hasta hace poco, porque solo ella es capaz de devolvernos a la normalidad demográfica. Los incentivos económicos ayudan, pero siempre que operen sobre esa cultura previa.

La Voz de Galicia, 27.febrero.2016

Aquí puede encontrarse el video y una transcripción al castellano

Tolerancia cero

Escrito por Paco Sánchez
22 de febrero de 2016 a las 10:49h

Hace ya muchos años, siendo aún presidente, Felipe González se quejaba de la crispación. Sobre todo, de la crispación de la vida política y, particularmente, de la parlamentaria. Hoy se habla ya de intolerancia y se vuelve más que nunca a la maldita referencia a las dos Españas. El tono del debate público -si es que podemos llamarlo así- se ha elevado y envilecido. Debemos reconocerlo para arreglarlo -o terminaremos a guantazos- en vez de jalearlo desde posturas políticas cerradas o desde medios acostumbrados a la comodidad de defender lo que nadie ataca o de atacar lo que nadie defiende.

Recordaba estos días, a propósito de otro incidente, la definición de caballero que ofrecía John Henry Newman en su Idea de una Universidad. Viene muy a cuento en días como este. Según él, «decir que el caballero es una persona que nunca hace daño equivale casi a definirlo». Excelente punto de partida que luego concreta. Extracto algunas frases: «El verdadero caballero evita lo que podría causar perturbación o inquietud en el ánimo de aquellos con los que le ha tocado compartir suerte; evita siempre los conflictos, las reservas, las desconfianzas, los comentarios negativos o amargos, el resentimiento. Su gran tarea es hacer que cada uno se encuentre a gusto. No confunde nunca las críticas malévolas o las frases hirientes con auténticas argumentaciones y no insinúa nunca lo que no es capaz de decir abiertamente. Con una prudente amplitud de miras, observa la máxima del sabio clásico de que deberíamos comportarnos siempre respecto de nuestros adversarios como si un día hubieran de llegar a ser nuestros amigos».

El negativo de la foto pintada por Newman es lo que tenemos hoy.

La Voz de Galicia, 20.febrero.2016

Siéntense

Escrito por Paco Sánchez
3 de febrero de 2016 a las 10:55h

Casi todos los días alguien interpreta qué mensaje quisieron mandar los españoles en las últimas elecciones generales y, a menudo, se insiste en que se trata de un mensaje de cambio. Bueno, de acuerdo. Los españoles con nuestro voto hemos mandado cambiar. Se puede discutir en qué consiste exactamente el cambio que queremos, pero hay algo que no se puede discutir por obvio: los españoles no deseamos una mayoría absoluta de nadie y sí pretendemos que se forme un Gobierno mediante el diálogo entre los diversos partidos. Y eso, justamente, es lo que no se está haciendo. Nadie está hablando en serio con nadie. Ni siquiera se atisban verdaderos esfuerzos de aproximación real de posiciones, sino juegos casi macarras por ocupar espacios desde los que negociar más cómodamente o desde los que convertir en poco menos que imposible cualquier negociación.

Es hora de que se negocie de verdad y con sentido de urgencia. Ni se puede ni se debe mantener esta insoportable inquietud que genera toda clase de inseguridades y desconfianzas en las personas, en las instituciones y en las empresas. Sin duda, la voz de las urnas tenía otra letra y esperaba otra música: la del acuerdo entre todos o entre algunos para avanzar reformando lo que haya menester. Si no se quiere buscar ese Gobierno apoyado por una inmensa mayoría moderada, inténtese el otro o vayamos de nuevo a votar. Si se insiste en este jueguecito perverso y miserable de golpes y contragolpes de efecto, se hinchará la desconfianza en la clase política y quizá nadie lo gane nunca. Pero tendrá un perdedor asegurado, el propio país y, con él, todos nosotros. Siéntense, por favor, de una vez. ¡Ese era el mensaje de las urnas!

La Voz de Galicia, 30.enero.2016

¿Pro-gra-ma?

Escrito por Paco Sánchez
23 de enero de 2016 a las 21:11h

En junio del año pasado Pablo Iglesias publicó en The New Left Review un artículo al que ya me referí aquí hace meses. Decía entonces cuál era su «objetivo vital» para las elecciones generales: «Sobrepasar al PSOE». No lo consiguió, pero sí ha producido la situación poselectoral que pretendía: «El PSOE quedará atrapado en la contradicción entre la lógica de Estado y sus intereses partidistas, y no está claro cómo la resolverá». Exacto.

No cabe discutir que Podemos, sin sobrepasarlo, ha bloqueado efectivamente al PSOE en el dilema lógica de Estado/intereses partidistas. Solo que lo ha dejado sin salida, porque en realidad cualquier opción perjudicará sus expectativas de voto a corto plazo, incluso la que supone nuevas elecciones. En este contexto hay que entender los gestos de ayer: uno ofreciendo apoyo y pidiendo la vicepresidencia y otro insistiendo en que el electorado no entendería que Pablo y él no llegaron a un acuerdo. Como ambos saben que resulta muy difícil articular y sostener un Gobierno a tantas bandas, posan por si hay que volver a votar: que parezca que, si no ha habido acuerdo, la culpa es del otro. De ahí, quizá, el silencio repentino y complaciente de los barones socialistas, el viaje a Portugal, tan inexplicable, para aprender cómo se monta una coalición de izquierdas o el juego de líneas rojas. El único acuerdo real e inmediato consiste en desgastar más a Rajoy, por eso la insistencia en que se someta a investidura.

Así que no sufran por lo que hagan o digan en esta fase de movimientos tácticos: ya ven cómo parpadean agónicas hasta borrarse las supuestas líneas rojas, mientras unos y otros repiten como autómatas la misma falsedad: «Pro-gra-ma».

La Voz de Galicia, 23.enero.2016

Vanidad narco

Escrito por Paco Sánchez
17 de enero de 2016 a las 11:06h

A los narcos casi siempre les pierde lo mismo: la vanidad. Suelen ser muy inteligentes y duros, pragmáticos. Se acostumbran pronto a ganar tanto dinero como quieren, mucho más del que necesita un país entero de buen tamaño: recordarán que Pablo Escobar se ofreció a pagar él solito la deuda externa de Colombia o que, como ya no sabía qué hacer con tantos billetes, como no había lavadoras de dinero capaces de procesar tanta colada, los metía bajo tierra y aún siguen apareciendo. Se acostumbran también al poder: controlan ejércitos de sicarios, disponen de medios avanzadísimos, no se paran a contar los muertos porque la gente les pertenece. El negocio funciona así: les sirves o no. Lo tienen todo, pero pasan la vida escondidos y parece improbable que la historia termine tratándolos bien.

Por eso encargan corridos que canten sus hazañas y mausoleos enormes que las recuerden. Vale la pena, por ejemplo, visitar el cementerio de Medellín, donde algunos se llevaron a la tumba grabaciones sin fin de sus canciones preferidas. Es su forma de colarse en la historia. Pablo Escobar o el Chapo no se conformaron con tan poco. Escobar intentó la política y el Chapo, el cine. Muy probablemente, ambos se sirvieron de importantes agencias de comunicación para que la gente los viera como ellos se veían a sí mismos: grandes líderes, hombres con una visión imponente para los negocios.

Horteras vanidosos y sin clase, por eso se perdieron. Pablo Escobar llegó a construir su propia cárcel. Otros son más discretos y ahí siguen disponiendo de la vida de tantos, admirados por la gente que desprecian, ya encerrados en su propia cárcel sin darse cuenta, sin dedicarse al narcotráfico siquiera.

La Voz de Galicia, 16.enero.2016